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martes, 30 de junio de 2009

Los movimientos populares indígenas en la encrucijada


Por: Bernard Duterme*

La tendencia de fondo que se puede observar en varios países de América Latina es suficientemente original y frágil. Original, ya que el perfil de los movimientos populares indígenas que allí indica la crónica desde hace unos años – de los Mapuches de Chile a los Mayas de Centroamérica pasando por los Aymaras y Quechuas de los Andes, los Kunas de Panamá, etc. - corta con determinación con las organizaciones revolucionarias de ayer y las crispaciones identitarias de hoy. Pero la tendencia es tan frágil, ya que si la dinámica india, más afirmativa que destructiva, tiene el gusto de seducir, ella es también propensa a ciertas derivas.

El contexto de aparición de estas movilizaciones, es el fracaso en primer lugar patente, en términos sociales y medioambientales, de veinte años de neoliberalismo sobre el continente latinoamericano. La concentración de las riquezas en una minoría es la más alta de todo el planeta, 230 millones de personas (44% de la población de la región) viven bajo el umbral de pobreza. El coeficiente Gini, que mide el grado de desigualdad, alcanza la cifra record de 0,57 (0,29 para Europa y 0,34 en los Estados Unidos). A la extrema polarización social, conde los indígenas son las primeras víctimas, se añaden las frustraciones nacidas de una democratización estrictamente formal de América Latina.

Participar sin asimilarse

Pero este contexto no explica todo. Las movilizaciones indígenas actuales tienen también sus razones de ser y sus originalidades de otras influencias, herencias y mezclas. Tienen esto de innovador que combinan identidades (sociales, étnicas, territoriales), demandas (económicas, culturales, políticas) y métodos de acción (masivos, simbólicos, pacíficos) a menudo paradójicos en la historia de las luchas. Identitarias sin ser reaccionarias, abiertas sin desarraigarse, estas rebeliones a la vez indias y campesinas multiplican las sujeciones - local, nacional y mundial - sin oponerlas. Sus aspiraciones llevan lo mismo sobre el reconocimiento de los derechos humanos de los indígenas, que sobre la democratización en profundidad de los Estados y la crítica del modelo de desarrollo neoliberal.

Estos movimientos “identitarios, revolucionarios y demócratas” reivindican una integración sin asimilación y - contrariamente a algunas elites del norte de México, del este de Bolivia o Ecuador - autonomía sin separación. Su relación al poder y el Estado, sigue siendo sin embargo plural y problemática, a veces impresiona la desconfianza epidérmica respecto a la escena política tradicional, como los zapatistas del Chiapas, a veces por la voluntad de acceder y no dejar a nadie ni a otros el cuidado de “descolonizar”, tal como ocurre con el boliviano Evo Morales, primer indígena que accedió a la presidencia de un país donde un 62% de la población se define como de origen indio.

La originalidad de estos movimientos no debe idealizarse. Muchas derivas y amenazas los acechan. Internas y externas. En reacción a las estrategias de los Estados o poderes cuestionados - que van clásicamente de la represión a la cooptación, pasando por maniobras más o menos lavadas de pudrición de las situaciones, de fragmentación de los protagonistas, de institucionalización de las demandas… -, la exacerbación de una dimensión de estas movilizaciones populares, en detrimento de las otras características, podría serles fatales. Crispaciones culturalistas o etnicistas aparecen dadas, al igual que de las fugas populistas cuando los líderes sucumben a una escalada simplificadora.

Los autóctonos y el “giro a la izquierda”

El impacto en los movimientos indígenas del “giro a la izquierda” que conoció América Latina desde el principio de los años 2000, difiere necesariamente según el lugar: las organizaciones indígenas desempeñaron un papel central en el cambio a la izquierda en Bolivia; un poco más ambiguo en Ecuador; o prácticamente nulo en Venezuela, Brasil y Argentina. Paradójicamente, cuatro de los seis países más poblados por autóctonos guardaron, mantienen hasta ahora, un poder más bien a la derecha: México, Perú, Guatemala y Colombia.

En Bolivia, Evo Morales goza aún de la confianza de los movimientos indígenas, populares y sindicales que lo confirmaron en la presidencia del país en 2008. Morales ha sostenido sus esfuerzos conflictivos en la reapropiación y redistribución de las riquezas nacionales (hidrocarburos, tierras…) y, a principios de 2009, en la promulgación de una nueva Constitución. Pero esta confianza sólo durará si los indígenas terminan por percibir los beneficios.

En Ecuador, el presidente de izquierda, Rafael Correa, portador ayer de las demandas de los movimientos, sin embargo, acaba de ser reelegido fácilmente en abril… sin el apoyo de la Confederación de las Nacionalidades Indígenas de Ecuador. La dinámica india ecuatoriana, dividida y extraviada en estrategias políticas confusas, reprocha hoy a Correa el sacrificar las riquezas naturales nacionales sobre el altar del productivismo y de un desarrollo económico no duradero.

En México, la opción zapatista, al margen de las izquierdas mexicanas, de no apoyar al candidato socialdemócrata, López Obrador, en la elección presidencial de 2006, valió seguramente a los insurrectos de Chiapas una buena parte de su relativo aislamiento político actual. Les queda por apostar por la consolidación “de autonomía de hecho” de los cuarentena “municipios en rebelión” en los confines de México, en un contexto social, económico y militar que les es con todo muy desfavorable.

En Guatemala, las secuelas de la larga y sangrienta guerra entre militares y guerrilla, donde los Mayas fueron las primeras víctimas, contribuyen aún más a la fragmentación del movimiento indígena y a la ausencia de una izquierda política representativa.

En Perú, donde la población de origen indio es una de las más fuerte proporcionalmente del continente, un haz de factores históricos como la emigración rural masiva y los movimientos de personas, afectaron las capacidades de movilización, lo que explica hasta hace poco la inexistencia de un verdadero movimiento a escala nacional. Pero el reciente levantamiento de los indígenas de la Amazonia contra la penetración de las “multinacionales rapaces” y los acuerdos de libre comercio negociados por el gobierno nacional, con el Canadá en particular, está en camino de contradecir la tendencia, tanto más si el apoyo de sus compatriotas andinos se concreta.

En Colombia, en un clima nocivo creado por la violencia, el autoritarismo y el neoliberalismo, el activismo indígena, en toda su diversidad y a pesar de una población autóctona muy minoritaria, se propone también aportar su piedra a la aparición de una izquierda social y política democrática.

En todos los casos hipotéticos, el destino más o menos feliz de estos movimientos dependerá de las respuestas estructurales que llegarán a forzar, de la capacidad de las sociedades latinoamericanas de compartir la riqueza y asumir la diversidad, en resumen, de su capacidad para democratizarse verdaderamente. A la espera de, como lo precisa Yvon Le Bot “La gran rebelión india”, libro aparecido este año, los resultados “más alentadores y los más duraderos se obtienen a nivel local, a veces regional, en los ámbitos de la educación, la salud, la democracia comunitaria”.

* El autor es director del CETRI de Louvain-la-Neuve en Bélgica. Es autor y coautor de varias obras, estudios y artículos sobre las rebeliones indígenas, los movimientos sociales en América Latina y las relaciones Norte-sur. Este artículo fue publicado por Alternativas de Canadá el 9 de junio de 2009.

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